El Carretón de las Lágrimas

Título: El Carretón de las Lágrimas

Autor: Luis Bustillos Sosa

Categoría: Cuentos Tristes Cortos

Este tipo de cuentos tristes cortos como el que a continuación les presentaremos no sólo son historias ficticias sino que también se suscitan en la vida real. Esperamos que el relato que enseguida les vamos a ofrecer sea de su agrado.

Un hombre dejó escapar unas lágrimas copiosas, que resbalaron por sus profundas ojeras y luego bajaron desenfrenadamente por las mejillas; cual si fueran las aguas de un río corriendo alocadamente por el cauce. Apesadumbrado miró lo que quedaba del viejo carretón, una nueva ola de recuerdos y remordimientos le taladró el corazón.

Era un día muy triste y eso le llenaba de amargura; el arrepentimiento le carcomía por dentro, sentía que había empezado a morir también. De soslayo miró a la gente que estaba reunida para velar a su madre entre rezos y cánticos. Las luces tenían un brillar de nostalgia y un suspiro profundo de impotencia se escapó de su ser; ya nunca más volvería a ver la sonrisa de su padres.

Cuentos Tristes Cortos - El Carretón de las Lágrimas

Gilberto seguía sollozando mientras miraba aquel montón de tablas y fierros herrumbrosos. Varias imágenes de su niñez y adolescencia llegaron a su mente: Su padre y él abrazados acomodados en el asiento de ese carretón, su madre y hermanito pequeño jugando como chiquillos acostados cómodamente en la pastura que acarreaban en el burdo mueble.

El Carretón de las Lágrimas es uno de los cuentos tristes cortos que esta vez hemos decidido compartir en este sitio gracias a la cortesía de su autor Luis Bustillos Sosa.

 

Pero de eso sólo quedaban añoranzas, su padre se había marchado para siempre dos años atrás y ahora su madre también seguía ese camino. Su hermano oraba por el eterno descanso de su mamá y él intentaba sobreponerse al nuevo revés de la vida y la culpa tan grande que su alma cargaba.

El afligido hombre seguía llorando y buscando el perdón de Dios y sus padres. Tan ensimismado se encontraba que no se dio cuenta cuando alguien se acercaba hasta que le dijo:

—Qué casualidad, hace treinta años cuando yo aún era un chavito tus lágrimas mojaron este carretón y creo que ya no remediarás nada derramando alguna más.

—Sí hermano, tienes razón yo tenía 22 años en aquella noche cuando llorando te dije que partiría.

Tres décadas atrás en una noche estrellada, sentados sobre ese viejo carretón Gilberto le comentó con los ojos llorosos a su pequeño hermano que se marcharía a Estados Unidos; porque soñaba con llegar a esa tierra en donde trabajaría muy duro, para ayudarlos a salir de pobres prometiendo que nunca se olvidaría de ellos.

Los años se fueron acumulando como el polvo en una casa abandonada y de Gilberto nada se supo en el rancho. Por su parte, sus promesas muy pronto quedaron enterradas y éste se dedicó a darle rienda suelta a sus deseos reprimidos de llevar una vida alocada y sin moderación; gastando a dos manos los dólares que conseguía.

Sus padres sintiéndose olvidados por ese hijo ingrato lo encomendaron al Creador y le mandaron sus bendiciones a través de él. Nunca pudieron superar aquella ausencia que poco a poco les comenzó a causar estragos en su salud. La enfermedad de la tristeza es un mal que acaba con las ilusiones, con las esperanzas, con la vida y esta terminó llevándose a los padres del ahora “arrepentido” hombre.

Fue el destino o la casualidad cuando treinta años después, en una noche estrellada y triste; Gilberto y su hermano se encontraron de nuevo en el mismo lugar: en un viejo carretón en donde se volvieron a derramar lágrimas, las cuales quizá… aún corrían envenenadas de falsedad.

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