Cuenta Saldada

Título: Cuenta Saldada

Autor: Luis Bustillos Sosa

Categoría: Cuentos Cortos de Terror

Para los amantes de los cuentos cortos de terror, esta vez les ofrecemos una gran historia de miedo y suspenso que esperamos sea de su agrado. Sin más preámbulos aquí se las presentamos.

Iban a ser las 12, casi de madrugada; cuando un hombre dejó aquella destartalada cama. A tientas y después de varios intentos, logró encontrar sus huaraches en el empolvado cuartucho que le servía de dormitorio. De puntillas y dando pasos sigilosos, caminó hacia la puerta, la abrió con cautela para no despertar a su hermano y luego cerró con cuidado.

Para el común de los mortales, el frío calaba hasta los huesos en aquella oscuridad; pero el nocturno personaje no parecía sentirlo. Quizá su sangre caliente, las ganas de comerse el mundo de un solo bocado y su juventud se confabulaban para hacerlo un hombre fuerte, resistente ante cualquier adversidad.

Cuentos Cortos de Terror - Cuenta Saldada

Artemio Nevárez, era un campirano con ambiciones tan irreales como sus sueños, apenas rebasaba los veinte; pero a su edad estaba lleno de frustraciones. Todos los días renegaba de su pobreza, maldecía su suerte y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para seducir a la prosperidad.

«A como dé lugar seré rico y poderoso» se decía así mismo, mientras dejaba atrás la humilde morada. Sabía que, lo que haría era de locos; si sus padres lo supieran, tal vez hasta lo abofetearan por desacato a sus principios y creencias.

Cuenta Saldada es uno de los cuentos cortos de terror escritos por Luis Bustillos Sosa

 

Ya era tarde para arrepentirse, se enfiló hacia las orillas del pueblo, las leyendas decían que a media noche en los cruces de caminos; el señor de la oscuridad acudía al llamado de quiénes lo aclamaban, para entregarles infinitos poderes y riquezas.

Muy pronto los caseríos quedaron atrás, el panorama era lúgubre; un escenario para sentir miedo, escalofríos y un sinfín de sensaciones inexplicables.

—Señor de las tinieblas, príncipe de los infiernos, aquí estoy… concédeme la gracia de mirarte, de conocerte, he venido en busca de tus favores —dijo el caminante con voz trémula y atropellada.

—Artemio Nevárez si tú confirmas que me invocas de corazón… al instante me manifestaré —retumbó una voz cavernosa en los alrededores.

—Si poderoso señor, deseo con gran fervor que te hagas presente —respondió el ambicioso muchacho.

—Veme aquí… ¿en qué puedo ayudarte? gruñó el espécimen llegado del averno.

Una horrible criatura con enormes cuernos y ojos fulgurantes salió de entre las penumbras. Era de aspecto repugnante, su abundante barba enmarañada, las largas uñas y una especie de pezuñas hacían verlo como un abominable engendro. 

—¿Para qué requieres mi presencia Artemio Nevárez? —volvió a preguntar la bestia al asustado campesino.

—¡Quiero ser rico y poderoso señor! —dijo al fin el pueblerino dejando ver una expresión aviesa en su rostro.

—Tendrás todo lo que quieres, pero a cambio debes entregarme lo siguiente —contestó la grotesca aparición y se acercó hasta él para susurrarle al oído las condiciones.

—Está bien, acepto; pero si no cumplo mi promesa ¿qué harás conmigo?

—Nadie se burla de mí, te sacaría las tripas con mis propias uñas —respondió el malévolo personaje al mismo tiempo que le posaba su filosas garras una y otra vez en el estómago de Artemio que ya empezaba a sudar de miedo.

—Hijo despierte, despierte…  su chiva que se corrió del semental fino que le prestaron está por parir —decía “Chencho” mientras le “tocaba” en la panza con los dedos a su muchacho.

—Apá no me ha de creer que estaba soñando con el mismísimo diablo —dijo Artemio todavía lleno de terror y con el semblante sudoroso cuando al fin pudo salir de la pesadilla.

Crescencio Nevárez era un humilde agricultor que gustaba montar a caballo. En las orillas del pueblo tenía un potrero que era su adoración y ese día como todos al amanecer; ensillaría su cuaco para irse a trabajar en su parcela.

Artemio su primogénito, era un pequeño ganadero; tenía una becerra enclenque y tres cabras, una de ellas estaba preñada de un gran ejemplar muy fino de color prieto que meses atrás le habían emprestado.

Esa mañana apenas al amanecer el cabrito estaba por llegar y Artemio le dijo a su padre:

—Apá espérese hasta que nazca el chivito para que lo conozca.

—Ta’ bueno hijo, aquí lo veré montado desde mi penco —respondió sonriente el buen hombre.

De pronto, algo asustó al potro y esto hizo que saliera desbocado tomando desprevenido a Crescencio. En su loca carrera el animal no quiso obedecer a la rienda de su jinete y éste terminó cayendo de forma inhumana al suelo, golpeándose brutalmente en la cabeza.

«Pero qué desgracia, de un momento a otro se oscurece el cielo» decía Artemio al ver a su padre tirado que agonizaba. «Hijo, en el mezquite viejo del potrero… ahí está… es un…» Fueron las últimas palabras de Chencho, ya no pudo articular más y luego… expiró.

Cuando pasó el sepelio, después de algunos días de duelo; el muchacho miraba con tristeza al caballo de su padre, no sabía si castigarlo, venderlo o regalarlo; pero qué ganaría con ello se preguntaba; nada de lo que hiciera con él le devolvería a su viejo.

Repentinamente, unas palabras taladraron su mente: «En el mezquite viejo…» y el potro como si algo supiera se le acercó. Minutos más tarde Artemio ya cabalgaba a galope sobre el brioso caballo, el noble corcel quizá ayudaría a resolver el enigma que representaban las últimas palabras de su querido amo.

«¿Cuervos en estas fechas?…» se preguntó para sí el jinete al mismo tiempo que una parvada de pájaros negros mecían las ramas de un viejo mezquite al abandonarlo; en tiempos de frío era raro encontrar esas aves en la región.

Al acercarse, miró al longevo árbol que se erguía tan poderoso y lleno de historias.

«—Mi papá aquí escondía el garrafón de agua en este “palito” y lo cubría con el chaquetón; el me lo contó y ahora véalo tan grande y fuerte hijo» —decía el padre de Artemio en vida.

El muchacho ensimismado, tuvo que salir de sus cavilaciones cuando se percató que un cuervo aún seguía allí; pero lo que más le causó asombró fue verlo que escarbaba con sus patas al pie del vetusto árbol.

Artemio observó al caballo y descubrió que éste miraba fijamente con sus orejas muy firmes a la extraña ave. No perdería más tiempo, estaba seguro que en ese lugar estaba lo que su padre le había querido decir en su agonía.

Como pudo removió la tierra y siguió cavando con una vara, muy pronto encontraría lo que siempre había soñado. Ante sus ojos, estaba una extraña jarra repleta de monedas de oro. Quería gritar de alegría, era rico, sería poderoso; por fin la suerte le sonreía. La mejor etapa de su vida estaba por llegar y él la recibiría con los brazos abiertos.

A las dos semanas del hallazgo se casó, una hembra hermosa ya dormiría todas las noches entre sus brazos. «El dinero te da seguridad y poder —decía— y ahora tendré lo que yo desee».

Dejó de ser un pobre diablo, ya era el señor Don Artemio; a quien varios lo adulaban por conveniencia. Era dueño de varios ranchos y miles de vacas de las mejores genéticas, la gente aún no se explicaba como aquel imberbe chamaco en menos de 2 años se había convertido en el todopoderoso de la región.

También tenía un buen hato de cabras, las cuales conservaba por puro gusto, para no olvidar su pasado y para sus pachangas. Su primogénito cumpliría pronto un año de vida y habría que celebrarlo con una buena birria de chivo.

Un día al amanecer se dijo:

—Ni modo, hoy mataré al semental que tan buenas crías me ha dejado; pero es el que he destinado para festejar a mi hijo.

Apenas clareaba el alba y como todo un ranchero tomó su pita de lazar. Tal vez el animal presentía su muerte y a toda costa trataba de burlarla haciendo que el ganadero maldijera con enfado el no poder atraparlo.

Después de varios intentos, no había conseguido agarrarlo y sin advertirlo fue atacado brutalmente por éste. La poderosa embestida sobre su estómago terminó por derribarlo cayendo estrepitosamente entre las canoas de la pastura.

Qué fue lo que pasó, se preguntaba a punto de perder el sentido. Era la primera vez que le sucedía aquello. Sintiendo que se desvanecía miró que algo se acercaba hacia él, era el macho cabrío, ese bello ejemplar que le había dejado tantas crías en sus chivas.

Casi sin creerlo y pensando que era un horrible sueño, miró como aquel animal se le acercaba quizá para rematarlo; pero no fue así. Fue testigo de cómo aquella criatura se erguía de un momento a otro en dos patas, podía atisbar sus pezuñas muy de cerca; alcanzaba a ver sus afiladas garras, unos ojos fulgurantes como las brasas, su larga barba y unos enormes cuernos.

—¡El diablo… como en el sueño! —dijo con horror el aterrado ganadero.

—Veo que tienes buena memoria Artemio Nevárez —contestó el oscuro ente, dando de carcajadas—. Hace poco menos de 2 años tú me imploraste que te diera poder y riqueza, como te das cuenta he cumplido. Ese día que me pediste ayuda pensaste que lo habías soñado, pero no fue así; para mí no hay espacio ni tiempo; así es que aquello fue una realidad. Hablando de tiempo; que para los mortales si existe, aquella vez te dije que iba a cumplir tus deseos y en 666 días tendrías que pagarme; pues bien hoy es esa gran fecha.

—¿Y si me niego? —inquirió quien yacía en el suelo.

—Si no cumples… me llevaré a tu hijo —atajó la dantesca criatura con su sonrisa aviesa—. Por cierto; ya te cobré el anticipo; me llevé a tu padre. Precisamente ese día que yo estaba “naciendo” de esa horrenda “chiva”. El caballo de tu papá al mirarme se asustó y lo demás es historia; pero debes ser agradecido; como recompensa te hice rico y poderoso. Recuerdas que hasta me diste por nombre “El Chamuco” por mi color oscuro como la noche; no te equivocaste; soy lucifer, el demonio, satanás o el chamuco; como quieras llamarme.

—Entonces este es mi fin —dijo con desánimo el hombre.

—Te voy a regalar 6 horas más y tal vez otros minutos, aprovéchalo…

Artemio ya no alcanzó a escuchar más; cayó en un sueño profundo; su esposa y dos peones llegaron a rescatarlo para llevarlo hasta su cama. Su mujer no lograba explicarse lo sucedido, quería saber que o quien lo había dejado así y le preguntaba:

—Artemio… ¿qué te pasó, quién te hizo esto?.

—Chamuco… chamuco —balbuceó el bebé de ellos; era todavía muy pequeño y ya la primera palabra brotaba de sus labios.

Iban a dar las 12 del mediodía cuando aquel hombre abrió los ojos y su rostro lo decía todo, el terror se había apoderado de él, sabía que le quedaba poco tiempo, acarició a su mujer y a su niño y les dijo:

—Ya vinieron por mí, perdónenme… me tengo que ir.

—¿Pero quién Artemio, quién? —preguntó la esposa sin comprender nada.

—Chamuco… chamuco… —volvió a repetir el niño.

Eran las 12:06 de la tarde y quizá algunos segundos más, cuando un estruendo se escuchó en aquella habitación, los vidrios explotaron sin saber por qué, el desgraciado ganadero había dejado de existir; su cadavérica figura daba muestra de que era hora de pagar una deuda. Al mismo tiempo que eso sucedía, el Chamuco brincaba la barda bramando con ensordecedores chillidos de júbilo; sobre él ya cabalgaba Artemio, a quien lo llevaría hasta el mismísimo infierno, con ello quedaría la cuenta saldada.

—Chamuco… chamuco… —seguía repitiendo el bebé.

Si has disfrutado de este relato y deseas leer más cuentos cortos de terror; te invitamos a que regreses a este sitio, en donde próximamente publicaremos más increíbles historias de miedo, cargadas de misterio y suspenso; no te las pierdas.

2 Comments

  1. magali 9 abril, 2018
    • admin_CC 19 abril, 2018

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